DOS ARTICULOS SOBRE EL SER DE ESPAÑA
ESTADO, PAIS,
REGIÓN, NACIÓN, PATRIA. SU APLICACIÓN A ESPAÑA
Todas
ellos son conceptos geopolíticos para denominar territorios que hoy en día
están en continuo debate. Pero antes de definirlos es importante tener en
cuenta dos aspectos previos: algunos de ellos son polisémicos, esto es, pueden
tener más de un significado; y en segundo lugar, se debe tener en cuenta que un
mismo territorio puede acogerse a dos denominaciones distintas.
La
definición de estado es sin duda la
menos compleja, se trata de un territorio determinado por la existencia de unas
instituciones soberanas, aunque siendo estrictos deberíamos decir cuasi-soberanas
en el caso de estados pertenecientes a la Unión Europea, Commonwealth, con
bases militares extranjeras o, más recientemente, estados sujetos a tratados comerciales
internacionales.
La
palabra país tiene dos acepciones:
país soberano reconocido por la ONU (195 en la actualidad), más otros soberanos
de facto, aunque no estén reconocidos
por la que se denomina “Comunidad Internacional” (Transdniestria, Somaliland,
Osetia del Sur, Adjasia, Sprska, R. Turca de Chipre). La otra acepción es el
país no soberano o país-región, de
origen etimológico francés (Pays
de la Loire, Pays de Auge, etc). Dentro del estado español se aceptan denominaciones
como el País Valenciano o el País Vasco.
Región es un concepto
geográfico manejable según el ámbito de estudio elegido (región funcional,
región agrícola, etc). También puede abarcar zonas biogeográficas (región
mediterránea), o particiones de un país superiores a una provincia. No tiene
necesariamente, por lo tanto, implicaciones políticas o institucionales. La
acepción que aquí nos interesa es la que define unidades inferiores a países
soberanos.
Nación es una palabra
de origen romano (nacio: nacer) que
adquiere todo su significado en la Revolución Francesa, entendida como una
realidad ciudadana identitaria común vinculada a un territorio que, en una gran
mayoría de casos, se sustenta en un país (país-nación). Aquí, la palabra ciudadana
es fundamental, pues implica una superación de la sociedad estamental, sin
privilegios al nacer. Una nación no necesariamente implica un deseo de
independencia por parte de su población (Gales) o si ésta se plantea puede
resultar negativa en un referendum (Escocia, Quebec), pero por lo general si
existe un voluntad de soberanía que puede ser conseguida (Eslovaquia, países de
la antigua URSS, Eslovenia) o no (Kurdistán, República Saharahui, Tibet),
constituyendo estos últimos conflictos territoriales casi siempre enquistados,
sin vías de solución a corto y medio plazo. Cuando una nación se sustenta en un
estado éste se define como estado-nación.
Los
nacionalismos poseen características muy distintas según el caso de que
se trate. En el siglo XIX tuvieron lugar movimientos nacionalistas clásicos:
unificación de Italia y Alemania, liberación de países balcánicos como Grecia,
Serbia, etc, del Imperio Turco. Posteriormente, el nacionalismo se exacerba en
casos como el alemán y japonés, recogiendo teorías geopolíticas como el lebensraum (espacio vital) donde se
establece un territorio para un pueblo dominador que ocupa el espacio de otros
pueblos. Durante el siglo XX, los nacionalismos toman un cariz muy diferente,
uniéndose a la descolonización de vastos territorios sobre todo en África y
Asia. Sin embargo, la trasposición de las fronteras marcadas por los europeos a
los nuevos estados crean naciones absolutamente ficticias, responsables de
nuevos y sangrientos conflictos.
Podemos decir que existen dos tipos de nacionalismos:
el poblacional,
basado en la voluntad mayoritaria de un pueblo en constituirse como nación, pero
sin interés en sobrepasar los límites territoriales marcados por el
asentamiento territorial de ese mismo pueblo, y el territorial, donde lo que
cuenta es la configuración de un territorio, sin importar qué pueblos o
naciones se establecen en él. Un ejemplo paradigmático del primer caso es
Irlanda, mientras que del segundo caso sería Turquía. El nacionalismo
territorial puede llevar, en su vertiente más extrema, a un nacionalismo imperialista,
donde el carácter de las poblaciones no cuenta en absoluto en el afán de
acaparar territorios.
Patria: En todas las definiciones se utiliza el sentimiento
o lo afectivo por un territorio no solo
por un país, sino por un lugar o comunidad al que alguien se siente vinculado.
Este sería un concepto “suave”, pero existe un concepto “fuerte”, ligado al
militarismo; esto es, a la defensa de un territorio que puede imaginarse como
una exacerbación del concepto de nación.
Hay
que destacar que nación y patria no son términos exclusivamente nominativos,
más bien al contrario, califican a estados y países. También es curioso
comprobar como los conceptos de estado y nación se alternan entre sí. EEUU,
Australia y Brasil son naciones con estados en su interior. Reino Unido o
Canadá son estados compuestos por varias
naciones. Rusia es un estado-nación con varios países (repúblicas) en su
interior.
Por
último, quedaría por abordar también el término pueblo, que a su vez tiene dos acepciones: pequeño núcleo rural, y
el más genérico, que es el que nos interesa, referente a la población de un
país. Si se puede confundir con alguno de los anteriores, sería con nación,
pero el término nación es mucho más complejo. Pueblo, aunque tiene también
connotaciones identitarias, posee menos implicaciones territoriales. Cuando
hablamos, por ejemplo, del pueblo español,
no estamos pensando en fronteras, algo que si ocurre con nación.
Aplicación
a España
En el caso concreto de España, veamos primero qué
variables pueden determinar los conceptos de región, país y nación (o
nacionalidad según la constitución). Los
usos y costumbres y folklore propios,
por ejemplo, son válidos para los tres, mientras que un pasado con cortes u otros órganos
de decisión soberanas serían solo definitorias para país o una nación,
al igual que una lengua propia hablada en la actualidad, aunque sea minoritaria.
Una representación política propia, diferente a
la del resto de España, con partidos nacionalistas minoritarios,
son también aplicables tanto a un país (siempre entendido como país-región) como
a una nación. Por lo tanto, para definir exclusivamente una nación serían
aplicables al menos dos variables:
-
Representación política
propia o sensiblemente diferente a la española, con partidos nacionalistas
mayoritarios.
-
Aspiraciones soberanas por parte de un importante sector de la
ciudadanía, que pueden ser no solo mayoritarias, sino relevantes en cuanto a
una futura independencia, aunque estos anhelos pueden dirimirse en unos
acuerdos con el estado del que forma parte. Es el caso actual de Euskadi.
Estado,
naciones, países y regiones en España
Estado
Español (o España moderna). Procede de Hispania, nombre dado por los romanos a la
península hoy denominada Ibérica. Debido a su gran extensión, los romanos pronto
dividieron el territorio peninsular en provincias, distintas según las épocas.
Tras las invasiones bárbaras, los visigodos fueron formando un país cuyas
fronteras fueron penetrando por la península a la vez que perdía territorio en
Francia.
La idea de una Spania visigoda (con Portugal
incluida) no se cimenta hasta el año 620, casi dos siglos después de la entrada
de los visigodos en parte de la península, tras conquistar el reino suevo (Galicia
y Asturias y parte de León y Portugal) en el año 576 y la costa sur de la
península al Imperio Bizantino en aquel año 620. La Spania unificada como país-estado
por primera y –esto no es fácil de asimilar– única vez, tuvo una duración de menos de un siglo. Tras la invasión musulmana
en el año 716, los reyes leoneses tuvieron el anhelo “visigótico” de recuperar
esta Spania (algunos de ellos se
proclamaron como “totus hispaniae imperator”), pero esa costumbre pareció
perder su razón tras el reinado del rey leonés Alfonso VII. Los posteriores reyes
castellanos admitieron la existencia de la Corona de Aragón como un país
diferente, al igual que ocurrió con Navarra y posteriormente Portugal. Cuando
la dinastía Trastámara reinó tanto en Castilla como en Aragón, las
instituciones de ambas coronas se preservaron.
En cuanto a los Reyes Católicos y los Austrias,
se conformaron con implantar sus reinados en dos países: Corona de Castilla y
Corona de Aragón, y en cierto periodo en tres (con Portugal), a la vez que seguían
concediendo amplia autonomía foral a Navarra y al País Vasco. La sede de la
corte real a partir de Felipe II se fijó en Madrid, capital de Castilla, nombrando
virreyes en otros territorios, pero tales países poseyeron instituciones,
fronteras, monedas y, lo que es más relevante, cobro de impuestos propios
(salvo Castilla, totalmente sometida por los Habsburgo). Los títulos reales
reflejaban también individualmente tales reinos y posesiones.
Los Borbones crearon en la España moderna (sin
Portugal), un solo país con entidad pre-nacional a partir de 1714, con un
periodo de estabilidad institucional que duró hasta la caída de Godoy y la
Guerra de la Independencia. En el siglo siguiente comienzan a resurgir un nacionalismo
cultural o autonomista, nunca independentista salvo algún hecho muy puntual en
Cataluña, yendo a la zaga otros territorios como Galicia, Valencia o incluso
Andalucía. Posteriormente, la anulación de los fueros en el País Vasco provoca
allí una reacción nacionalista de nuevo cuño. Soberanismos que finalmente son aplastados
por el franquismo.
La Constitución de 1978 recupera con bastante
éxito el carácter nacional de la España moderna durante el resto del siglo XX, aunque
es cierto que unos cuantos cientos de miles de ciudadanos nunca llegaron a
sentirse españoles. Sin embargo, con la entrada del nuevo siglo, el recurso del
PP contra el Estatuto de Cataluña, ya refrendado por el pueblo catalán y por el
mismo parlamento español, junto con una campaña anticatalana por parte de
sectores de la extrema derecha española y la anulación sistemática de leyes
aprobadas por el parlament, provocaron,
entre otras razones, una desafección generalizada del sentimiento nacional español
por parte de una gran masa de población catalana que, sumados a sectores
independentistas vascos y una pequeña minoría de gallegos y otros territorios,
podrían alcanzar una cifra de más de 3 millones personas. Esta nueva situación
haría inviable a España para que sea considerada una nación en sentido
estricto, entendida como una realidad ciudadana comúnmente aceptada.
Identidades
declaradas en los estatutos de autonomía.
Antes de analizar qué identidades territoriales
tendrían las actuales Comunidades Autónomas dentro del Estado Español, es
ineludible mostrar que auto-denominaciones utilizan cada una en sus estatutos
de autonomía. Éstas son:
Nacionalidades históricas
Galicia, Aragón, Valencia, Baleares, Andalucía
Nacionalidades
Cataluña, Euskadi, Canarias
Comunidades históricas
Asturias, Cantabria, Castilla y León
Comunidades forales
Navarra
Regiones históricas
Extremadura, Murcia
Regiones
Castilla la Mancha
Comunidad
Madrid
Territorios
La Rioja, Ceuta, Melilla
Lo primero que llama la atención es que ni
Cataluña ni el País Vasco (tampoco Canarias) aluden al término “histórico” tras
su definición como nacionalidad, aunque en los primeros artículos sí existen amplias
referencias históricas en el caso de Cataluña y Canarias, o se denominan
“territorios históricos” lo que desde España se ha denominado desde la reforma
de Javier de Burgos como “provincias vascas”. Quizás lo entiendan como algo tan
evidente que no necesiten reafirmarlo en su definición territorial. Sin embargo,
en Galicia, Aragón, Valencia, Baleares y Andalucía sí se sintió una necesidad
de añadir este apelativo.
Desde un punto de vista estatutario, por lo
tanto, en España existen 8 “nacionalidades”, concepto que debe ser entendido
como eufemístico de “nación”, no como lo que se entiende comúnmente como
nacionalidad que no es otra que la española.
El término región no parece tener mucho éxito
en los diferentes estatutos. Solo tres Comunidades Autónomas se definen como
regiones: Castilla- La Mancha, Extremadura y Murcia, estas dos últimas, eso sí,
añadiendo la palabra “histórica”, algo que Castilla-La Mancha no parece
necesitar. Más éxito tiene el término “comunidad” para definirse
territorialmente, aprovechando sin duda la nueva denominación implantada en la
Constitución. De ellas, Asturias, Cantabria y Castilla y León se expresan como
históricas. Navarra prefiere incorporar ese apelativo tan querido allí:
“foral”, mientras Madrid se conforma con ser simplemente “comunidad”, sin
ninguna referencia a Castilla, de la que ha sido (y para algunos sigue siendo)
su capital natural. Queda, por último, el término “territorio”, que se aplica en
La Rioja, Ceuta y Melilla.
El planteamiento que aquí se hace, basado en
los criterios anteriormente descritos, va a diferir bastante del expresado en
diferentes estatutos.
Naciones
Cataluña
y Euskadi: Pensando
en ellas se introduce no solo el termino nacionalidad como forma eufemística de
nación, sino en realidad todo el proceso autonómico, pues en el resto del
estado las demandas de autonomía han sido mucho menos fuertes. A finales del
año 1979 las dos ya tenían sus estatutos aprobados, siendo el siguiente más de un
año en ser aprobado (Galicia). La fuerte identidad nacional de estas dos
Comunidades Autónomas se ve plasmada en unos partidos nacionalistas que pueden
formar mayorías parlamentarias. Ambas naciones tienen, como antes se definió,
aspiraciones soberanas que actualmente están negociadas (Euskadi) o no
(Cataluña) con el estado español.
Castilla.
Antiguo
país (reino y Corona) que en la Edad Moderna ocupó cerca del 75% del actual
estado español. Su identidad, tras engullir el reino de León, se ve por un lado
muy reforzada por la conquista de Granada, el descubrimiento de América, a la
vez que es “cortocircuitada” por el dominio de una dinastía extranjera (los
Habsburgo). A partir de Felipe II, pero sobre todo a partir de los Borbones, su
identidad se funde en gran manera con la española. La lengua castellana
(también llamada ya español) se hablará, impuesta o no, en todo el territorio. Actualmente
Castilla, debido a su gran extensión, se
reparte entre las Comunidades Autónomas de Castilla y León (la parte de Castilla
La Vieja), Madrid y Castilla La Mancha. Todo apunta a que los habitantes de
Cantabria y La Rioja han perdido su identidad castellana desde su configuración
como comunidades autónomas.
A pesar de su inmenso territorio dentro del
ámbito peninsular y una población cercana a los 10 millones de habitantes, la
identidad castellana se encuentra, como ya se ha dicho, muy diluida en la
identidad española. Esto se debe a que, de alguna forma, ambas identidades son
parejas. Castilla, comienza a ejercer su dominio extraterritorial a partir de
su fusión con el reino de Asturleonés (que a su vez dominó Galicia), creando a
partir del siglo XII reinos sin reyes en Murcia y en Andalucía (reinos de Córdoba,
Jaén, Sevilla y Granada). Su infiltración en la Corona de Aragón comienza a partir
de la dinastía Trastámara tras los Compromisos de Caspe, continúa con los Reyes
Católicos (creación de la Inquisición) y los Austrias (imposición del
virreinato), consumando casi definitivamente la castellanización oficial (nunca
real) con los Borbones tras los Decretos de Nueva Planta entre 1707 y 1716. Castilla
–en nombre de España– consiguió la unidad territorial siguiendo el modelo francés,
anulando posteriormente los fueros vascos debido a las Guerras Carlistas:
Navarra perdió sus fueros en 1841 (aunque luego los recuperó) y el País Vasco
en 1876. Castilla es, pues, un caso de nación latente bajo una nacionalidad: la
española. Su enorme ímpetu, no solo militar, sino también cultural, incorporó
vastos territorios en el sur de la península, América y gran parte de la Corona
de Aragón hasta la llegada de los Austrias, una dinastía que supuso su ruina
económica y posteriormente moral tras Felipe II, de la que resurgiría en un primer
periodo borbónico, para decaer después tras la Guerra de la Independencia.
Castilla nunca recuperaría su anterior posición económica, salvo –claro está–
Madrid y su área de influencia regional, con pérdidas constantes de población
rural, y en ocasiones urbanas, que aún
hoy continúan sobre todo en la meseta norte.
Puede resultar extraño calificar Castilla como
nación, pues el nacionalismo castellano es políticamente muy residual, pero el
término región es evidente que se antoja escaso. El de país podría ser en
principio adecuado, pero Castilla no es un país más del estado español. Es el
país dominante. Es el país que articula todo el resto de países y regiones. Su
gran unidad geomorfológica: la meseta, se vuelca sobre el resto de territorios
peninsulares, salvo sobre Cataluña y las islas. Diríase que Castilla no
necesita sentirse nación porque España, bajo la óptica castellana, ya lo es. Ya
lo dijo Ortega en su España Invertebrada:
“no se le dé vueltas, España es una cosa
hecha por Castilla”. Pero España, como hemos visto, es en la actualidad un
constructo incompleto. Castilla podría considerarse una nación oculta u
ocultada. De la misma forma que el castellano y el español son la misma lengua,
Castilla es un “microimperio” que ha seducido/dominado gran parte de lo que hoy
se conoce como España.
Países: Antiguos
reinos confederados en la Corona de Aragón, que mantienen lenguas propias.
Aparte de Cataluña, que también puede denominarse país, está Valencia
(Pais Valenciá) y Baleares. En cuanto a Aragón, debido a una castellanización
muy temprana, su lengua vernácula se mantiene de forma muy residual (no más de
8.000 personas lo hablan, según una encuesta reciente). Por todo ello podría
considerarse más una región. También es posible denominar países a territorios que
fueron reinos anteriores a la existencia de Castilla y que conservan lenguas
propias (Navarra, Galicia). Asturias, y sobre todo
León, debido a que sus lenguas tienen un carácter cuasi residual la primera o
muy residual en el segundo caso, podrían ser definidas más bien como regiones.
Canarias debe ser considerado un país, pues aunque
existe un importante partido con nacionalistas en su seno, se acepta formar
parte del estado español salvo una minoría ciudadana muy reducida (el 3,3%, según el CIS).
Regiones: Aparte de las
ya mencionadas Aragón, Asturias y León, se incluirían aquí los territorios creados por la antigua colonización
astur-leonesa y castellana, con el castellano como única lengua. Extremadura
significó antiguamente estremadura
castellana, un territorio mucho mayor que el actual, aunque se habla el
leonés e incluso el gallego en algún pueblo, éste es tremendamente residual y
en vías de desaparición. Murcia fue un reino dependiente de
Castilla, al igual que Andalucía (reinos de Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada).
El antiguo reino de Toledo acabo incorporándose a Castilla con el nombre de
Castilla La Nueva. En estas regiones la historia de Al-Andalus es, sin duda,
apasionante, pero actualmente, más allá de las arquitectónicas, no existen huellas
políticas ni, salvo alguna exigua minoría, culturales o religiosas de ese
antiguo país soberano.
Comunidades
Autónomas
(exclusivamente): Antiguas provincias castellanas que adquirieron autonomía con
la Constitución de 1978 (Cantabria y La Rioja). Éstas podrían,
en todo caso, ser consideradas regiones a pesar de su escasa superficie.
Ciudades
autónomas: Ceuta:
En 1640, con la separación de
Portugal del reino de los Austrias, la portuguesa Ceuta decide mantenerse fiel
a Felipe IV. Posteriormente resistió sucesivos asedios de los marroquíes. Melilla: Conquistada en 1497 por tropas
castellanas, al contrario que Ceuta (a 27 kilómetros de la costa andaluza) queda
aislada en la costa marroquí a más
de 175 km de distancia de la costa almeriense.
Plazas
menores de soberanía (administradas directamente por el Ministerio de Defensa): Peñón
Vélez de Gomera. Tomado por Castilla en 1508 y recuperada
definitivamente en 1564, fue isla
hasta 1934, cuando tras una gran tormenta apareció un istmo que unió el Peñón
con Marruecos. Peñón de Alhucemas: Cedida a Castilla en 1560, se trata de un
islote de una hectárea y media de superficie. Islas Chafarinas,
tomadas por el general Serrano en 1848,
son tres islotes que forman un pequeño archipiélago.
Terra Nullius (tierra de nadie). Son dos los casos: Peregil/Laila, tras ser anulada su posesión del Estatuto de
Autonomía de Ceuta a causa una protesta del gobierno marroquí e Isla de los Faisanes, diminuta isla en
medio del río Bidasoa, gestionada alternativamente por España y Francia.
En resumen, el estado español comprende tres
naciones, ocho países (se entiende que países no soberanos o países-región),
tres regiones, dos comunidades autónomas (exclusivas), dos ciudades autónomas,
tres plazas de soberanía y dos terra
nullius.
Notas
(información adicional)
Galicia: País con
muchas dificultades para definirse como nación, a pesar de poseer idioma y una
fuerte personalidad propia, pues solo
una minoría de los gallegos, poco más del 10% la definen claramente como tal.
Asturias
y León: Fueron
antiguos reinos consecutivos durante casi cuatro siglos, antes de convertirse
en reino de Castilla y León y posteriormente solo Castilla tras continuas
expansiones. No obstante, el nombre de León ha pervivido no solo como ciudad y provincia,
sino como región. Debido a su extensión y a su importancia histórica, podría
definirse como país. La lengua leonesa (también denominada astur-leonesa) ha
sufrido un retroceso enorme sobre todo a partir del siglo XIX. Hoy lo hablan
unos pocos miles de personas y su existencia no es reconocida por Valladolid.
Es necesario afirmar que tanto el asturleonés como el aragonés no son dialectos
del castellano al ser aquellos anteriores a éste.
Valencia,
Baleares:
Antiguos reinos pertenecientes a la Corona de Aragón, tuvieron instituciones
(Cortes) y en el caso de Baleares (reino e Mallorca) reyes propios. Se integran
en la España borbónica en 1715 excepto Menorca, que no lo hace hasta 1802 siendo hasta entonces durante
casi un siglo inglesa (salvo un periodo francés de 7 años). Ambas poseen idioma
propio aparte del castellano, excepto zonas interiores de la actual Comunidad
Valenciana. Por otro lado, el espectro político es cada vez más exclusivo
(Compromis, MES, etc).
Aragón: Como todos
los reinos de la Corona, pierden su condición de país con la llegada de los
borbones. Aragón ha sido desde siempre el reino más castellanizado de toda la
Corona, su lengua vernácula ha ido perdiendo vigencia hasta quedar enclavaba en
los valles pirenaicos y prepirenaicos. Según últimos datos, se cree que lo
hablan unas 12.000 personas. En la zona de Aragón más próxima a Cataluña se
habla el catalán (la franja), algo que cuesta reconocer a los propios
aragoneses (sobre todo zaragozanos). A pesar de que a partir del reinado de los
Borbones Aragón es considerada como región, su historia y sus tres lenguas le
haría merecedor del rango de país.
Canarias: Conquistada
por Castilla en 1496, su carácter extrapeninsular le confiere una singularidad
evidente. Coalición Canaria, partido político con nacionalistas en su seno, es
actualmente el más votado, aunque no aspira a la independencia, como en su
momento sí lo hizo el MPAIAC, partido de extrema izquierda muy minoritario. No
posee lengua propia, pues las lenguas guanches están extintas. Canarias puede
calificarse como país, pues su definición como nación no está madurada.
Navarra: A pesar de
sus escasas dimensiones, el territorio navarro es sumamente complejo y también
polémico. Existen tres Navarras, una al noroeste inequívocamente vasca, otra al
sur solo identificable como navarra, con claro acento aragonés, y una tercera
central con toponimia vasca, pero con una parte importante de población que no
se identifica como tal. Tiene un régimen foral y una historia con un largo
periodo de soberanía hasta el siglo XVI. Es, en todo caso, una región con
atributos de país.
Extremadura: La
Extremadura leonesa fueron unos territorios correspondientes a Salamanca, Cáceres
y Badajoz. Las Estremaduras
castellanas fueron los territorios extremos de la Castilla del siglo IX que
abarcaban desde Soria hasta Badajoz. En 1653 se restringió este nombre a la
Provincia de Extremadura, que en 1833, al crearse las provincias de Cáceres y
Badajoz, pasó a ser región.
LAS TRES ESPAÑAS
Una de las formas de entender la
deriva socio-territorial de España desde el reinado de Fernando VII ha sido el
de las “Dos Españas”, aunque no fue realmente hasta la Generación del 98 cuando
se discutió en profundidad sobre el “Ser de España”, un análisis que fue
seguido posteriormente por Ortega y Gasset en “La España Invertebrada”. Ortega,
conservador honesto (y sobre todo pre-franquista), dijo aquello de “…no se le de vueltas, España es cosa hecha
por Castilla”. Por lo tanto, aparte de un análisis típicamente dual entre
izquierda y derecha o entre élites y “clases medias”, existe también una
impronta territorial de lo que podríamos denominar “las tres Españas”, pero
¿cuáles son esos tres territorios? La tesis que
se maneja en estas páginas es que existe una España castellana, otra
castellanizada y, por último, una tercera débilmente castellanizada, una España
“externa” o periférica. Veamos qué características y territorios poseen cada
una de ellas.
La España castellana.
1.
Castilla.
A partir de un condado limítrofe con tierras vascas y cántabras, este
condado y –más tarde– reino de Castilla se expande hasta alcanzar, en época de
la reina Isabel, una parte muy importante de la península con el nombre Corona
de Castilla entre los territorios de Portugal y la también denominada Corona de Aragón. Paradójicamente,
en su mayor periodo de esplendor, Castilla cae (como el resto de los reinos
peninsulares) en manos de los Habsburgo, una dinastía extranjera que no solo
anula prácticamente instituciones
propias del país castellano, sino que arruina con deudas insalvables sus arcas
públicas. La esquizofrenia castellana no es, pues, otra que la dominación de un
gran imperio a la vez que es dominada por una dinastía extranjera (Carlos I ni
siquiera hablaba castellano cuando tomó posesión de las diferentes coronas)
apoyada por una parte importante de la alta nobleza.
Hay que recordar que la mala fortuna de los Reyes Católicos respecto a
su descendencia fue enorme. Juan podría haber sido heredero de ambos reinos de
Castilla y Aragón (el cual podría haberlos separado después con su descendencia,
como hicieron muchos otros anteriormente), pero murió. Isabel y, tras su
muerte, María, fueron casadas con reyes de Portugal, lo que indica que se
buscaba el control dinástico (no la creación de un estado) para toda la
península, mientras que Juana y Catalina sirvieron como enlaces con reyes de
Inglaterra y la Europa Central. Al recaer la Corona en Juana, Castilla quedó
así en manos de los Habsburgo, una dinastía que se empeñó en desubicar a su
segundo hijo varón Fernando, nacido en Alcalá de Henares y criado en Castilla,
llevándole a heredar Austria (y posteriormente el Sacro-Imperio), mientras que
Carlos I, nacido y criado en Flandes, fue destinado a dominar unos para él
desconocidos reinos de Castilla y Aragón. Es decir, lo importante no era ni “España”,
ni “las Españas”, lo importante era la dominación familiar de Europa. Una
familia particularmente hábil desde el siglo XII en expandirse a base de alianzas
matrimoniales.
Felipe II nació en Valladolid, pero su destino fue, en principio, heredar
un imperio tan ingobernable como el de su padre (rey de Inglaterra, de Nápoles,
de Sicilia, soberano de los Países Bajos... aparte de los reinos peninsulares y
las Américas). Solo tras la muerte de su esposa María Tudor, Felipe abandona
Inglaterra y fija su sede en Madrid en 1561, ciudad que se alza como nueva
capital de Castilla y, por extensión, de todas las posesiones de los llamados
Austrias. Aquel antiguo anhelo de los reyes leoneses por recuperar el dominio
de toda Hispania estaba cerca, pero de manos de una dinastía extranjera dueña
también de alejados territorios europeos. Diecinueve años después Felipe II
consiguió coronarse también rey de Portugal, sin embargo, los Habsburgo no
tuvieron interés, o no consideraron conveniente, recrear un reino centralizado
como el visigodo, sino que se conformaron con poseer la corona de unos vastos
territorios europeos con una inesperada proyección en los inmensos territorios
americanos. El espíritu épico derivado de la posesión del mayor imperio nunca
conocido fue posiblemente causa de la desatención de temas tan rutinarios como
la hacienda y las cuentas del reino. Los Austrias arruinaron las arcas públicas
de Castilla para financiar sus guerras, interesándose sobre todo por la unidad
religiosa del resto de sus territorios. La Santa Inquisición, el Consejo de
Estado y el irrelevante Consejo de Cruzada fueron las únicas instituciones
unitarias de “las Españas”, más o menos controladas por un secretario y
posteriormente por validos. Los historiadores actuales la definen este periodo
como una monarquía supranacional (o multinacional) y confesional.
Ciertamente, Castilla pasa, tras la derrota de los Comuneros, a
depender de una monarquía absoluta y a la vez inoperante (Austrias menores), con
cortes meramente consultivas. No solo los nuevos territorios americanos, sino
los territorios europeos de Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Aragón, Cataluña,
Valencia, Mallorca e incluso Galicia pasan a ser virreinatos, con la única
presencia de un virrey que en el caso de la Corona de Aragón son a veces
personas del mismo territorio.
Oficialmente, la Corona de Castilla desaparece con la llegada de los
Borbones en 1715.
La degradación económica y social de Castilla se detiene con estos
primeros borbones, pero recibe un nuevo mazazo con la Guerra de la
Independencia. En el siglo XIX y principios del XX, Castilla no es más que una
inmensa región definida a veces de forma despiadada, no solo por viajeros
románticos británicos, sino también por intelectuales como Antonio Machado.
“Castilla miserable,
ayer dominadora
envuelta en sus harrapos
desprecia cuanto ignora”.
En realidad, Castilla se acabará
convirtiendo en una región con gran potencial agrícola, donde caben pequeños y
medianos propietarios sobre todo en Castilla La Vieja. Una población con mejor
nivel de vida que sus vecinos del sur (andaluces y extremeños)
Hoy en día, Castilla es una
tierra identificada básicamente con la inmensa meseta del interior peninsular,
ocupada por tres comunidades autónomas, cuyos límites penetran muy ligeramente
en paisajes asturianos, vizcaínos, alaveses, aragoneses y jienenses. En cuanto
al nacionalismo castellano, éste solo tuvo representación parlamentaria
autonómica en 1999 en Castilla y León con un solo diputado, lo cual quiere
decir que los castellanos se sienten muy bien representados en la identidad
española. De hecho, la identidad española en Castilla es mucho más fuerte que
la propia castellana, sobre todo en Madrid y también en la macro-comarca
manchega. Castilla-La Mancha, un invento difícilmente explicable no solo en
términos identitarios (los alcarreños, por ejemplo, no son manchegos) sino en
los simplemente geográficos, pues mezcla conceptos de región y comarca.
Castilla-La Mancha decidió en 1980 dejar aparte a la provincia de Madrid,
mientras que Castilla (la Vieja) y León son identidades regionales de los que
nadie sabe con precisión sus límites identitario-geográficos.
2. Cantabria
y La Rioja.
La España propiamente castellana comprende, aparte de las dos
Castillas, regiones (muchas de ellas antiguos reinos) que fueron dependientes
de la Corona de Castilla, donde se ha hablado el castellano prácticamente como
única lengua. Con la España autonómica, los últimos en adquirir identidad
propia han sido Cantabria y La Rioja.
A veces se piensa que acudir a buscar identidades hasta épocas
prerromanas (cántabros) resulta excesivo. Puede ser cierto, pero resulta que
muchos siglos después encontramos en época visigoda el denominado Ducado de
Cantabria, creado por Leovigildo en el año 574, una región que comprendía
también el oeste del País Vasco y el norte de las actuales provincias de
Burgos, Palencia y Asturias oriental. Incluso tenía una capital: Amaya (norte
de Burgos). Posteriormente, el Califato Omeya conquista Amaya y los cántabros
huyen a la costa. El posterior empuje de los pueblos cantábricos bajo la
monarquía asturiana, y posteriormente de León, anularía con el tiempo ese Ducado
de Cantabria. Son repobladores cántabros y vascones los que crearán Castilla,
que pronto se extiende hacia tierras de la actual Rioja.
La configuración de la España Autonómica
ha dotado de una identidad diferenciada a estas dos pequeñas Comunidades
Autónomas, de forma que los riojanos, pero sobre todo los cántabros, ya no se
identifican como castellanos a pesar de que han poblado las tierras más
antiguas de Castilla. Hay que tener en cuenta que tanto Cantabria como La Rioja
se asientan en territorios y paisajes claramente diferenciados de los
mesetarios aunque, curiosamente, el origen de la propia Castilla no es tampoco
mesetario, sino que se asienta en los altos páramos y cañones pre-cantábricos
que rodean el valle del Ebro, es decir, limítrofes con las sierras y páramos cántabros
y vascos. La Rioja, por su parte, es una mini región más volcada hacia espacios
vasco-navarros y aragoneses.
Solo al oeste de Cantabria
todavía quedan algunos hablantes de una variante del astur-leonés: el montañés
o el cántabro. No existen datos oficiales de cuantos pueden hablarlo; es
probable que no llegue a mil personas.
3. Extremaduras.
Leonesas y posteriormente castellanas, las extremaduras (tierras
extremas del Duero) abarcaron a partir del siglo IX un territorio desde el
valle del Ebro hasta Portugal como límite sur de los territorios cristianos, lindando
con un Reino de Toledo que coincidía en
gran parte con la región denominada posteriormente Castilla la Nueva. Esta
denominación se circunscribió tiempo más tarde a su parte más occidental, correspondiente
a las actuales provincias de Cáceres y Badajoz, (resultado ambas de la unión de
la Extremadura leonesa con los sexmos castellanos más occidentales). La que en
principio se llamó “provincia” de Extremadura data de 1371, que para votar a
Cortes acabó dependiendo de Salamanca. De hecho, ya entrada la Edad Moderna la
llamada provincia de Salamanca incluye también nada menos que todo Extremadura.
Finalmente, la región ganará su independencia jurídica a partir de 1653.
En esta región, el castellano es
la lengua dominante, salvo resquicios muy poco conocidos y menos aún
reconocidos donde se habla gallego (Valverde del Fresno) y leonés (Serradilla y
algún pueblo de la sierra de Gata y Las Hurdes). El portugués en Olivenza (el
penúltimo territorio incorporado a España en 1801) puede considerarse ya
prácticamente extinguido.
La España castellanizada
1.
España
pre-castellana
Asturias y León
La expansión del reino de Asturias dio lugar al reino de León. Justo
antes de la denominación de este nuevo reino, Alfonso III de Asturias se
proclamó “Totus Hispaniae Imperator”, lo que demuestra el anhelo de esta
dinastía por recuperar la Hispania visigoda. Es significativo que este título
no se prorrogara más allá de Alfonso VII de León (1135), a pesar de que los
sucesivos reyes castellanos poseerían cada vez más territorios dentro de
Hispania/España, es decir, la unidad de
la Hispania visigoda se fue olvidando con el tiempo.
Posteriormente, la pujanza de Castilla supuso la aparición de nuevo
reino que, pasados dos siglos, en un devenir histórico francamente insólito y
asombroso, acabó incorporando a León y Asturias dejando, con el paso de los
siglos, la lengua asturleonesa arrinconada en pequeños reductos
montañeses.
Actualmente Asturias conserva una
identidad regional favorecida por su idiosincrasia geográfica, con un medio
natural radicalmente distinto al castellano. La lengua propiamente asturiana es
hablada por medio millón de personas, aunque como lengua nativa no llegaría a
100.000 hablantes, ya que muchos asturianos hablan hoy en día un bable mezclado con el castellano.
Resulta curioso que en Asturias
no se reconoce la lengua gallega en su parte occidental, la cual se denomina asturiano eonaviego.
La situación del leonés (o del
asturleonés en León) es mucho más precaria, solo parecen hablarlo unas tres mil
personas, mientras que su identidad regional solo es palpable en la provincia
de León, quedando muy difuminada en Zamora y, más aún, en Salamanca. Por lo
general, la fusión con lo castellano es mayor cuanto más cerca de Castilla (o
más lejos de la frontera portuguesa). En cuanto a la gran comarca de El Bierzo,
ésta llegó a ser provincia entre 1821 y 1833. Posteriormente, con la división
provincial de Javier de Burgos, esta comarca se incluyó en la provincia de León
excepto la comarca de Valdeorras, que pasó a Orense. Actualmente, toda la parte
occidental de El Bierzo habla gallego, mientras que el asturleonés de la parte
oriental parece en franca regresión.
Galicia
Lingüísticamente mucho menos castellanizada
que Asturias, la historia de Galicia es ciertamente dura a lo largo de diversas
fases de la Edad Media, plagada de revueltas y las consiguientes represiones.
Los suevos ocupan Galicia por un acuerdo con
Roma. Tras algo más de siglo y medio, el reino suevo será conquistado primero
por los visigodos y luego por los árabes, aunque estos tuvieron una presencia
más bien testimonial. Centrada en las gestas de la Reconquista, la
historiografía oficial siempre ha ocultado la conquista de Galicia por parte de
los asturianos, que dio lugar al menos a tres insurrecciones y la consiguiente
represión por parte de los reyes Fruela, Silo, y Alfonso III, hechos que
desmontan esa supuesta unión de carácter épico de cristianos contra los
musulmanes.
En el año 910, Galicia pasa de ser condado a
reino por herencia de García I, uno de los hijos de Alfonso III, pero con la
muerte de este rey, Ordoño II une Galicia con León. Luego, tras una serie de
vaivenes en los que Galicia pudo recobrar brevemente su independencia, este
reino pasó a depender definitivamente del Reino de León.
Galicia no tuvo mejor suerte al ser
gobernada por Castilla, el afán centralizador de sus reyes tuvo como
consecuencia que ese antiguo reino acabara optando por Portugal (Fernando I) e
incluso por un duque inglés (Duque de Lancaster), provocando sendas reacciones
de la Corona castellana. Las revueltas más dramáticas tuvieron lugar, no
obstante, durante las llamadas Irmandiñas entre 1467 y 1469, a la vez que en
Castilla existía otra guerra civil. Durante la Edad Moderna, Galicia seguiría
incluida en la Corona de Castilla, tiempo en que su representación en las
Cortes dependió de la ciudad de Zamora, algo considerado por los gallegos como
una humillación. «Galicia está sujeta a
Zamora, con desdoro y descrédito de su grandeza», protestó la nobleza gallega ante Carlos I.
Mucho tiempo después, tampoco gustó en Galicia la reforma provincial de
Javier de Burgos, contra la que curiosamente se reivindicó que este país fuera considerado
una sola provincia. Además, con la división provincial, Galicia pierde sus
zonas más orientales, que pasaron a depender de Asturias y León.
A partir de 1854 aparece el Rexurdimento, que reivindica Galicia desde
un plano cultural. Esta corriente desemboca políticamente en una reivindicación
federalista, tan en boga en tiempos de la 1ª República. Tras la restauración
canovista, pervive un simple regionalismo al que se unen algunos conservadores,
pero con la entrada del nuevo siglo surge ya propiamente el nacionalismo
gallego en 1918, en una asamblea de la “Irmandades de Fala”. Este nacionalismo
fue reprimido en la Dictadura de Primo de Rivera, pero reapareció con fuerza en
la Segunda República con la formación de varios partidos gallegistas.
Es a partir de los años 60 cuando
reaparecen o se forman varias partidos nacionalistas. En este último periodo,
el independentismo está representado por multitud de pequeños partidos, algunos
reagrupados en el Bloque Nacionalista Galego, que ha llegado a ser votado por
cuatrocientos mil gallegos (25% del electorado), luego bajando a los 200.000
posiblemente por la irrupción de Anova y “En Marea”, y resurgiendo ante la
profunda crisis de éstas fuerzas
políticas para convertirse en la segunda fuerza en las elecciones gallegas de
2020 con 311.340 votos. En cuanto a
lengua gallega, ésta actualmente normalizada, superando sus límites
regionales hacia el oeste de Asturias (no reconocida) y oeste del El Bierzo.
2.
Los
reinos dependientes de Castilla
Reino
de Toledo. La “reconquista” de la
ciudad de Toledo (1085) supuso un acontecimiento destacado para el Reino de
León por haber sido la capital y ciudad principal del antiguo Reino Hispánico visigodo,
del cual se sentía heredero. Tal fue el apego a estas tierras que con el tiempo
fueron denominadas, ya bajo dominio castellano, con el nombre de Castilla La Nueva a partir del siglo
XV, abarcando los extensos territorios de La Mancha, campos de Calatrava y Montiel, la Alcarria, Talavera,
parte de las Comunidades de Villa y Tierra que ocupaban territorios madrileños
y de Guadalajara y serranías y montes periféricos. La provincia de Albacete,
que Javier de Burgos consideró parte de la región murciana, pasó a partir del
año 1978 al lado castellano-manchego.
En ese año, se
decide excluir a la provincia de Madrid por su excesivo peso demográfico y
económico, aparte de ser capital de España, quedando un espacio desarticulado
con el nombre confuso Castilla-La Mancha (La Mancha es parte de Castilla). Esta
desarticulación es más evidente en la provincia de Guadalajara, que tiene mucha
más relación con Madrid que con Toledo, declarada capital una vez descartada
las ciudades de Cuenca y Albacete (ciudad más poblada de esta nueva Comunidad
Autónoma).
Reino
de Murcia. Creado por Fernando
III de Castilla (1243), pasó un breve periodo de tiempo (8 años) en manos de la
Corona de Aragón. Siglos más tarde, la expulsión de los moriscos (1613) fue el
episodio más traumático que afectó gravemente a su economía, al igual que en el
reino de Valencia. En el siglo XIX, es de destacar el cantonalismo de la ciudad
de Cartagena, que fue anulado, junto con otros cantones, tras el golpe de
estado del general Pavía.
Actualmente,
el castellano se habla de forma dialectal en todo su territorio, ya que el
valenciano de la zona de El Carche prácticamente ha desaparecido. Con la
llegada de las autonomías, la región de Murcia perdió la provincia de Albacete,
como anteriormente se ha comentado. Al contrario que en otras comunidades
autónomas, no existen partidos regionalistas que se presenten a las elecciones.
Andalucía
Siguiendo el modelo de reinos dependientes
de la Corona de Castilla, se fueron creando el Reino de Jaén en 1246
(anteriormente se creó el Reino de Baeza), Reino
de Córdoba (1236), Reino de Sevilla (a
partir de 1248), comprendiendo la provincias de Sevilla, Huelva, Cádiz y sur de
Badajoz y Reino de Granada (1492).
En Andalucía, la lengua mozárabe (cristiana) parece que convivió con el árabe
hasta desaparecer en el siglo XIII, siendo posteriormente el árabe andalusí el
que decayó muy fuertemente al ser el reino de Granada conquistado por Castilla,
como antes lo fueron los otros reinos.
Con la expulsión de los moriscos, el árabe andalusí desapareció para
convertirse en lengua muerta.
El intenso comercio con América parece que
fue una de las razones por las que la incorporación de Andalucía a la Corona de
Castilla fue exitosa. En el siglo XVI, Andalucía se convirtió en una de las
regiones más ricas de Europa. Distinto es el siglo XVII, cuando la crisis
social y económica del Imperio dio lugar a algunos hechos aislados de reivindicación
nacional. El primero fue en los convulsos años de 1640 y 1641 cuando, junto con
Portugal y Cataluña, se intentó la separación de la monarquía hispánica con la
Conspiración del Duque de Medina Sidonia y el Marqués de Ayamonte. Cataluña, y
sobre todo Portugal, lograron en principio sus objetivos, pero en Andalucía
ambos nobles fueron finalmente ejecutados. Tras estos hechos, hay que
remontarse a la Constitución de Antequera (1888), donde se proponía un estado
andaluz integrado en una supuesta República Federal Española. Décadas más
tarde, hay que remontarse a la federalista Asamblea de Córdoba de 1919, en la
que se sitúa a Andalucía como realidad nacional. Aquí comenzó a destacar la
figura de Blas Infante como líder del nacionalismo andaluz, que nunca fue separatista.
Aun así, tras ser identificado por las tropas golpistas, Blas infante fue
fusilado en el año 1936.
La última manifestación andaluza a propósito
de su estatuto de autonomía fue la primera que tuvo carácter masivo. Se calcula
que un millón y medio de andaluces se manifestó por una “vía rápida” de su
autonomía en 1977, al modo de Cataluña y el País Vasco. La represión fue muy violenta en Málaga,
donde la policía mató a un joven de 19 años.
La inclusión
de la autonomía de Andalucía en el artículo 151 fue el inicio del llamado “café
para todos”. No obstante, es necesario afirmar que actualmente Andalucía es
posiblemente la región más españolista que existe, debido entre otras causas al
gran eco que tiene su cultura en el resto de España. Tras el fiasco del Partido
Andalucista, no ha existido ningún partido de carácter regionalista en la
región hasta la aparición de Adelante Andalucía, una escisión de Unidas
Podemos.
El acento
andaluz acompaña lo que es el gran dialecto de la lengua castellana, cuya influencia
se expande hacia la provincia de Badajoz, Murcia y sur de La Mancha en menor
medida, perfilando incluso
características del acento canario y los acentos hispanoamericanos. Pueden
diferenciarse, además, diferentes acentos andaluces según zonas de la propia Andalucía.
Canarias
Visitada desde tiempos remotos, curiosamente
fueron los mallorquines los primeros que establecieron una misión permanente en
Telde (Gran Canaria), aunque fue Castilla la que consiguió por parte del Papa
los derechos de crear el Principado de la Fortuna (1355). La conquista no se
produjo, en todo caso, hasta medio siglo después por parte de los normandos
Jean de Bethencourt y Gadifer de la Salle, responsables de las primeras
masacres de guanches en Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro. Solo en Gomera llegaron a acuerdos con la
población local, rotas tras la rebelión de los gomeros en 1488. En la conquista
del resto de las islas se implicaría ya directamente la Corona de Castilla,
apoderándose consecutivamente de Gran Canaria (1483), La Palma (1492) y
Tenerife (1496); esta última tras una primera victoria guanche.
Actualmente, las lenguas guanches están
extintas. Se utilizaron hasta el siglo XVIII, desapareciendo definitivamente ya
entrado el siglo XIX. Por esas fechas, los ingleses intentaron conquistar las
islas, pero fueron derrotados (1797).
Aunque se considera a Secundino Delgado el
padre del nacionalismo canario, su constancia en las islas no se desarrolla
hasta finales del franquismo, con el grupo MPAIAC, de carácter panafricanista y
de acción muy extremista (lucha armada) por parte de algunos de sus
integrantes, lo que motivó una fuerte represión. Posteriormente aparecerían
movimientos nacionalistas de izquierda en torno a la Unión del Pueblo Canario.
Sin embargo, será el nacionalismo más moderado (no independentista) el que
triunfará en las islas, uniéndose como Coalición Canaria en 1993. En el año
2005, se produjo una escisión en esta coalición de sectores más progresistas,
creándose Nueva Canarias.
Aparte de la
política formal, existen asociaciones que estudian y recuperan del olvido la
cultura guanche. Desde hace varias décadas, muchos canarios han recuperado
nombres guanches para sus hijos. Organizada en dos provincias, son los cabildos
insulares los que realmente poseen competencias administrativas. Canarias
cuenta desde la conquista con unos “fueros” ahora denominados Régimen Económico
y Fiscal, muy diferente de los fueros vascos o canarios, ya que, más que
garantizar una mayor autogestión, conceden unos beneficios sociales para
compensar su lejanía de la península.
Ceuta y Melilla
El INE no
informa de la población musulmana que habita en las dos plazas africanas, pero
entidades como el Instituto Elcano han “alertado” del creciente poblamiento
magrebí en Ceuta, que podría llegar al 43%; mientras que en Melilla sería ya
mayoritaria, con un 53% según la Unión de Comunidades Islámicas de España. Es
interesante saber que hasta 1868 no se permitió el asentamiento de musulmanes
en las dos ciudades y que no fue hasta 1987 cuando se permitió a la población
musulmana nacionalizarse española.
Estos datos
tienen su reflejo político en dos partidos ceutíes: Caballas y en el Movimiento
por la Dignidad y la Ciudadanía, que en las últimas elecciones del año 2019 han
perdido la mitad de sus escaños, quedando en un 13% de representación, mientras
que Coalición por Melilla, liderado por Mustafá Aberchan, es actualmente el segundo partido de esta
ciudad, con un 30,6 % de los votos (Aberchan llegó a ser alcalde-presidente de
Melilla hace años gracias al apoyo del GIL). Existen, pues, intentos de los
musulmanes españoles de ambas ciudades de aprovechar su potencial político,
especialmente exitoso en Melilla. La población de origen árabe o bereber tiene
un nivel de vida peor que la de origen español, siendo evidente también la
discriminación cultural: el árabe o el bereber, por ejemplo, no están
reconocidos oficialmente en ninguna de las dos ciudades, aunque sí existen
mezquitas. No parece, en todo caso, que exista en las comunidades musulmanas un
interés en una posible incorporación a Marruecos de estas dos ciudades, a pesar
de que Vox mantiene constantemente que existen partidos pro-marroquís.
La castellanización en la Corona de Aragón.
Reino de Aragón
La introducción del idioma castellano en la Corona de Aragón (Reinos de
Aragón, Valencia, Baleares y Principado de Cataluña) comienza a partir del
reinado de la dinastía Trastámara en la corte y, en el caso concreto del Reino de
Aragón, con mayor influencia. La lengua aragonesa, que tras la conquista de la
taifa de Zaragoza (1118) parece que consiguió expandirse por toda la región
durante el siglo XII relevando, no solo al árabe, sino también al mozárabe, decayó
a partir del siglo XV en favor del castellano hasta quedar en la actualidad
relegado a las montañas oscenses.
Fernando el Católico aconsejó a su nieto Carlos I “mantener todos los pueblos de los dichos reinos en paz y justicia; y
mire mucho por ellos, y los trate con amor, como muy fidelísimos vasallos y muy
buenos servidores que siempre han sido nuestros” (ref. de Eliseo
Serrano), pero los flamencos, como
anteriormente se ha mencionado, tuvieron
como objetivo prioritario el mantenimiento de su imperio. Se establecieron en
Castilla con un objetivo: controlar el flujo de oro y plata que procedía de
América para costear sus guerras interminables para mantener sus territorios y
la Contrarreforma. El saqueo de Castilla no consiguió trasladarse en principio
a la Corona de Aragón gracias en gran parte a la conservación e independencia
de sus instituciones. Con Felipe II (I en Aragón), la huida de Antonio Pérez (secretario
de este rey) a Zaragoza y su protección por parte del Justicia lo pagaría caro tanto
él, que fue ejecutado, como las instituciones de este reino, que sufrieron una etapa
de intensificación absolutista. Con Felipe III, por ejemplo, se impidió la
reunión de las Cortes durante todo su reinado y con Felipe IV surgió la crisis
de la Unión de Armas (aportación económica al ejército) que sumió a este país
en una mayor crisis. Este periodo absolutista remitió después durante el
reinado de Carlos II.
Fue, sin embargo, durante el régimen borbónico cuando los diversos
reinos de la Corona de Aragón pasaron a ser unas regiones más del nuevo estado
español, con sus instituciones anuladas. En el caso del Reino de Aragón, la
fuerte castellanización de la región no propició, como en otros territorios
peninsulares periféricos, un nacionalismo o siquiera un renacimiento cultural
propio importante durante en el siglo XIX. De hecho, fueron aragoneses
residentes en Barcelona los que tuvieron en un principio mayor impulso.
Llegado el siglo XX, partidos
como la Chunta Aragonesista recogería las escasas ansias nacionales llegando a
casi 100.000 votos a principios de siglo XXI, antes de una profunda crisis que
sumió a la organización casi en la irrelevancia. En las autonómicas del año
2019, sin embargo, consiguieron un ligero repunte, alcanzando tres diputados.
Los últimos datos cifran en 10.000
el número de hablantes de la lengua aragonesa. En cuanto al catalán hablado en
la franja pegada a Cataluña, el número de hablantes llega a 30.000. Esta
tercera lengua de Aragón fue reconocida desde el inicio de la autonomía hasta
el año 2013 cuando, con el gobierno del PP, el catalán hablado en el este de
Aragón fue denominado con el insensato nombre de “lengua aragonesa propia del
Aragón oriental” y aun peor, el mendrugismo de ciertos alcaldes (y algunos de
sus vecinos más obtusos) de algunos pueblos orientales aragoneses ha llevado al
absurdo de definir oficialmente esta lengua vernácula como “chapurreau” –un
término despectivo utilizado en el resto de Aragón– antes que reconocer que es,
con toda obviedad, catalán lo que allí se habla.
Valencia
El reino de Valencia se configuró durante la primera mitad del siglo
XIII, un reino sin rey pero con fueros propios, lo que le otorgó un fuerte
grado de autonomía. Con la llegada de los Austrias, se produjo una rebelión de
características similares a la de los Comuneros en Castilla, denominada “las
germanías” que fue aplastada por la nobleza que apoyaba a Carlos I.
El nacionalismo valenciano no se manifiesta hasta la I Republica
(cantonalismo). Sin ser tan influyente como la catalana, se dio a principios
del siglo XX una renaixença valenciana, con entidades cívicas que promovieron
declaraciones políticas de carácter nacionalista. Durante la II República se
crearon partidos valencianistas partidarios del derecho a la autodeterminación.
Posteriormente, en los años 60, aparece la figura de Joan Fuster, cuya obra
“Nosaltes, les valencians”, defendía el pancatalanismo. Fuster sufrió dos
atentados en los años 1978 y 1981 y tras su fallecimiento su tumba fue
profanada.
Las fronteras del reino de
Valencia han variado incluso hasta el siglo XIX (Comarca Utiel-Requena). Como
resultado final, ha quedado una Comunidad Valenciana (o País Valenciá) interior
solo castellano-hablante y otra costera bilingüe. En todo caso, en las ciudades,
y sobre todo en Valencia ciudad, siempre ha dominado el castellano. Se calcula
que el valenciano lo hablan unos 2 millones de habitantes.
En cuanto a las polémicas
surgidas sobre su evidente equiparación al catalán occidental, éstas se
resuelven sencillamente llamando valenciano a la lengua que se habla en la
franja oriental de la Comunidad Valenciana.
El nacionalismo valenciano contemporáneo
ha venido creciendo gracias una política eficiente de unidad que parte de la
Unitat del Poble Valenciá (fundado en 1982) con el Partit Valenciá Nacionalista
(1990) y otros partidos locales, creando el Bloc Nacionalista Valenciá, que
junto con otros partidos de izquierda y ecologistas de carácter federalista
forman en el año 2007 Compromis, pasando en pocos años de tener menos de 30.000
votos a más de 600.000 en el 2016. En el año 2019, sin embargo, su apoyo
descendió a 440.000 votantes.
España débilmente castellanizada
Baleares
Al igual que en Valencia, fue Jaime el Conquistador quien venció a los
musulmanes instalados en Baleares, apoderándose de las islas y sometiendo a
vasallaje a una Menorca todavía islámica, que se incorporaría finalmente
décadas más tarde. Debido al reparto entre sus hijos, las islas tuvieron sus
propios reyes en lo que se denominó Reino privativo de Mallorca, que poseería
además condados en torno a Montpellier. Estos reyes fueron Jaume II de Mallorca
(con un paréntesis de dominio aragonés durante una década), Sancho I y Jaume
III. En total más de medio siglo (entre 1276 y 1343), tras los cuales las Islas
Baleares pasaron a formar parte de la Corona de Aragón tras intervención
militar de Pedro el Ceremonioso. Baleares quedó, aun así, con instituciones
propias como el Consell o la Audiencia, todas ellas abolidas, al igual que en la
totalidad de la Corona de Aragón, con el inicio del reinado borbónico.
Desde entonces, la isla de Menorca será la excepcionalidad al pasar,
tras el tratado de Utrecht (1713), a manos de los ingleses, perdiéndola éstos definitivamente
en el año 1802. Es decir, Menorca es el último territorio no colonial que se
incorpora a la actual España. El despertar regional-federal o nacionalista de
finales de siglo XIX, tan patente en otros territorios, resulta bastante
humilde en el caso de Baleares, con la salvedad de que el catalán isleño se
conserva como lengua viva entre todos sus habitantes nativos casi sin
excepción.
Actualmente, en Baleares existe
una gran presencia de partidos nacionales (PP, PSOE) que en las elecciones de
2015 se rompió no solo por la irrupción de Podemos, sino en menor medida por la
aparición de la coalición MES (en Mallorca y Menorca) y El Pi, que son
nacionalistas de centro-derecha. Estos partidos perdieron votos en las
elecciones de 2019, lo que refleja la debilidad de las opciones nacionalistas
en Baleares, que representa actualmente un 17% del electorado. Se puede decir,
en todo caso, que las Baleares reflejan una débil castellanización no tanto por
oposición a Castilla, sino por lejanía.
País Vasco
El pueblo vasco, poblador de cerrados y últimos valles cantábricos y
primeros pirenaicos poco comunicados entre sí, casi siempre tuvo un desarrollo
muy poco centralizado en la Edad Media, primero a caballo entre el Reino de
Asturias y León y el Reino Franco, posteriormente unido en el Reino de Navarra
con Sancho III el Mayor, para después desgajarse su parte occidental (Vizcaya y
posteriormente Guipúzcoa) en favor de Castilla. Pero la característica
fundamental por la que este pueblo colaboró con otros reinos próximos fue siempre
a cambio de mantener una fuerte autonomía basada en unos fueros (a la vez
independientes entre sí) en diferentes momentos desde la Alta Edad Media.
Los castellanos, lejos de someter al pueblo vasco, les dejan
organizarse con esos fueros propios, uno situación que, con los vaivenes
propios de la historia, se mantiene hasta el siglo XIX. En este siglo, las
guerras carlistas en el medio rural (cuyo lema – no lo olvidemos- fue “Dios,
patria, rey… y fueros”), el auge del nacionalismo de raíces románticas y la posterior
supresión de los fueros por parte del régimen de Cánovas, provocó una fuerte
desafección entre del pueblo vasco y el español que se agravará aún más con el
franquismo.
Esta desafección no es igual en
todo Euskadi: máxima en Guipúzcoa, poco relevante en la despoblada Álava; varía
también entre la costa y el interior cantábrico. Aun así, en conjunto, el auge
político nacionalista es claro durante todo el periodo amparado por la
Constitución del 78. Durante este último periodo histórico, el estado español
consiguió integrar al PNV e incluso a la rama político-militar de ETA, que pasó
a la actividad puramente política de la mano de Euskadiko Eskerra, formación
que posteriormente fue absorbida por el PSOE.
Alimentada tanto por su propio
empecinamiento como por una dura represión policial (asesinatos de varios
cientos de personas y torturas a varios miles), la rama militar de ETA mantuvo
una actividad terrorista (más de 800 asesinatos) que fue eliminada durante el
gobierno Zapatero gracias a las fuerzas de seguridad del estado, pero sobre
todo a las gestiones de Jesús Eguiguren (PSOE) y A. Otegui (Bildu). ETA no
asesina desde el año 2006, proclamó el cese definitivo de la violencia en el
año 2011 y anunció su disolución en el año 2018. El mundo abertzale,
conscientes de que la violencia no ha sido un táctica sensata, ha intentado
tender la mano a las víctimas del terrorismo constituidas en asociaciones, pero
algunas de éstas muestran fuertes reticencias a aceptar una reconciliación.
El independentismo en Euskadi
sigue, sin embargo, latente y en progreso representado por el PNV y Bildu (casi
el 70% del electorado). Tras el plan Ibarretxe, que no defendía la secesión,
sino la creación de un estado libre
asociado que marcaba una línea confederal de relación con el estado español
(aunque es cierto que incluía el derecho a decidir), la tensión con los
diferentes gobiernos españoles ha ido disminuyendo, quedando en una
reivindicación más o menos continua de competencias.
Navarra
El reino de Pamplona consigue muy pronto su independencia de Francia,
formando posteriormente –en un pequeño avance hacia el sur– el reino de
Navarra. Tras una gran expansión a cargo de Sancho III el Mayor, vuelve casi a
sus límites originales por repartos entre sus herederos, perdiendo posteriormente
Guipúzcoa en favor de los castellanos. Navarra, al contrario que el País Vasco,
tuvo históricamente una gran uniformidad, siendo el último gran territorio en
caer bajo dominio de la Corona de Castilla. Al contrario que otros territorios
euskaldunes, Navarra siempre ha conservado sus fueros, incluso bajo el
franquismo.
Navarra es una región pequeña,
pero políticamente muy compleja. Se podrían definir tres navarras: una
claramente vascófona, otra intermedia o mixta que, aunque de raíz vasca (no hay
más que ver la toponimia o los apellidos de la mayoría de sus habitantes),
suele renegar de lo vasco
identificándose solo como navarros, y una tercera al sur sin herencia
euskauldun que está más ligada culturalmente a Aragón o La Rioja. Realmente,
solo en la primera se habla euskera, aunque en la zona mixta ya lo habla entre
el 5% y el 10% de la población, la cual tiene derecho a ser escuchada (aunque
no atendida) en esta lengua por parte de la instituciones públicas. En el año
2017, 44 municipios pasaron de la zona no vascófona a la zona mixta. En todo caso,
en esta zona mixta, la población rural suele ser muy conservadora, más incluso
que en el sur.
Existen partidos regionalistas,
tanto de derechas (UPN) como de centro (GBAI) y de izquierdas, que poseen una
gran impronta electoral. De hecho, doblan en representación a partidos de
ámbito nacional. De todos ellos, solo Bildu (8 diputados) apuesta claramente
por la independencia (y su unión a Euskadi), aproximadamente un 15% de la
población. GBAI es nacionalista sin apostar claramente por la independencia.
Cataluña
Tras la debacle del estado visigodo (Spania), la reacción cristiana
contra la invasión musulmana se produjo desde dos núcleos diferentes, el
asturiano y el francés. En este último, Carlomagno creó la Marca Hispánica, que
en su parte más oriental comprendía varios condados que acabaron fusionándose
en el condado de Barcelona. Bajo el gobierno de Borrell II, éste obtuvo su
independencia práctica al no prestar juramento al rey capeto.
Todavía como Condado de Barcelona, el conde Ramón Berenguer IV se casa
con Petronila de Aragón, mucho menor que él, creándose algo muy parecido a una
confederación entre el Reino de Aragón y el Condado de Barcelona. El hecho de
que este condado no se constituyera como reino ha llevado a muchas confusiones más
o menos interesadas, pretendiendo que el reino de Aragón se impuso sobre
Cataluña, algo totalmente incierto. Fue la unión de dos dinastías lo que creó
la Corona de Aragón, una unión dinástica
entre el reino del mismo nombre y el conocido a partir del siglo XIV como Principado
de Cataluña, a los que fueron añadiéndose el Reino de Valencia y el de
Mallorca, cada uno llegando a poseer cortes y fueros propios.
Jaime (o Jaume) I y II conquistarían para la Corona Sicilia y más tarde
Cerdeña. Tras el compromiso de Caspe, la dinastía de origen castellano
Trastámara conquistaría el Reino de Nápoles, a la vez que se introduce el
castellano en la corte, influyendo en todos los reinos pero sobre todo -como ya
se ha visto- en el de Aragón.
Como ya se ha tratado también anteriormente, los Habsburgo se hacen con
el control de Castilla tras la derrota de los Comuneros. Aquel será, como ya se
ha mencionado, el primer país hispánico donde regirá la monarquía absoluta.
Desde ese baluarte castellano, los Austrias tomarán el control de las
posesiones en el Mediterráneo de la Corona de Aragón durante el reinado de
Carlos I, concretamente, desde el año 1555, cuando las posesiones italianas
tuvieron Consejo propio. También serán declarados como virreinatos.
Durante el reinado de Felipe II y Felipe III, las relaciones con
Cataluña siguieron siendo tensas por las continuas demandas por parte de los
Austrias de fondos para financiar sus guerras en Europa. Esta situación estalló
en el año 1640 durante el reinado de Felipe IV, lo cual dio pie a que Portugal
y Cataluña se independizaran de la monarquía
austracista. Cataluña pasó, en realidad, a control francés,
permaneciendo hasta el año 1652 tras una larga guerra dirigida por Juan José de
Austria. Al prescindir Felipe IV del nefasto Conde-Duque de Olivares, este rey
facilita que Cataluña se incorpore de nuevo a la Corona de Aragón, recuperando
sus fueros.
La guerra de sucesión española (Carlos II no tuvo hijos) entre los
Habsburgo y los Borbones, fue también una lucha de la Corona de Aragón por sus
cortes y fueros, respetados (aunque de forma precaria) por esa primera
dinastía. Tras ganar la guerra, los Borbones crearon el ya mencionado estado
centralizado. Desprovista de sus instituciones, Cataluña tuvo, no obstante, un
crecimiento económico que propició una “paz” duradera, de forma que, en la
Guerra de la Independencia, los catalanes lucharon conjuntamente con el resto
de España a favor de la independencia de los franceses. Este “status quo” se
quebró, sin embargo, a partir de Fernando VII. El norte de Cataluña participa
en la primera Guerra Carlista provocada por decisiones de este rey. En el año
1842, el general Espartero ordena bombardear Barcelona para acabar con una
insurrección provocada al favorecer éste al algodón inglés. Cuatro años después,
surge de nuevo al norte de Cataluña la II Guerra Carlista que algunos autores
cuestionan como tal (la Guerra de los Maitiners estuvo formado en una parte
importante por rebeldes progresistas y republicanos). Es evidente, en todo
caso, que la localización de estos conflictos en la España de principios del
siglo XIX se debe a algo más que a una guerra dinástica; no por casualidad
estas guerras carlistas se localizan prioritariamente en el País Vasco-Navarro,
y en antiguas posesiones de la Corona de Aragón.
La Renaixença es un movimiento de segunda mitad del siglo XIX que
reivindica la cultura y la lengua catalana desde posiciones moderadas. A partir
de la restauración canovista comienza un movimiento político –tras el fracaso
del federalismo republicano de Pi y Margall– que podemos definir con
descentralizador o autonomista y que, a partir de 1887, se divide en un sector
progresista y otro conservador (La Lliga). En 1906, Solidaridad Catalana,
confluencia de los dos sectores, consigue 41 de los 44 diputados nacionales
correspondientes a Cataluña, pero acabó escindiéndose. Uno de los principales
logros de este nuevo siglo, tras el trauma de la Semana Trágica (78 muertos y
miles de heridos), fue la creación avalada por las Cortes Españolas de la
Mancomunidad de Cataluña, unión de las cuatro provincias. Esta Mancomunidad
reclamó un estatuto de autonomía que no consiguió hasta la II República. Tras
la represión ejercida por Primo de Rivera, aparece un Partit Separatista
Revolucionari Catalá (muy minoritario y creado en Cuba) e, incluso, un absurdo
intento de invasión desde Francia para liberar Cataluña dirigido por Francesc
Maciá. La autonomía catalana dio paso, en tiempos de la II República, a la
recuperación de la Generalitat de Catalunya, institución de origen medieval
liquidada por Felipe V. En 1934, con la victoria de la CEDA, Lluis Companys
declaró el estado Catalán dentro de la República Federal Española, todo su
gobierno fue detenido y la Generalitat fue suspendida. Liberados con la
victoria del Frente Popular, se reestableció la Generalitat hasta la caída de
Barcelona por las tropas franquistas. Lluis Companys fue finalmente ejecutado.
La constitución de 1978 recuperó de nuevo la Generalitat de Catalunya,
que proporcionó una gran estabilidad. Treinta y dos años después, una campaña
del PP contra el nuevo estatuto y productos catalanes, incluyendo cientos de
miles de firmas en contra y un recurso al Tribunal Constitucional (2010) que
acabó invalidando una serie de artículos, desencadenó una oleada de indignación
en gran parte del pueblo de Cataluña. Tras unas impresionantes manifestaciones
que han batido records de asistencia en Europa, el gobierno de Cataluña convoca
una consulta y posteriormente un referéndum declarado ilegal para decidir la
independencia, un día en que la policía apalea a miles de participantes y que,
aun así, se consigue que algo más de dos millones de personas voten sí a la
independencia.
El independentismo catalán, que en la historia ha tenido un apoyo muy
minoritario (al contrario que el autonomismo), pasa de alrededor del 12% en los
años 80, 90 y principios de siglo XX a casi el cincuenta por ciento de apoyos
explícitos (otros datos defienden que es más del 50%) en la actualidad, una
situación inédita desde 1714. Hay que tener en cuenta que, aparte de las
afrentas de la derecha española ya mencionadas, el Tribunal Constitucional, a
instancias del gobierno del PP, ha anulado sistemáticamente más de 40 leyes aprobadas
en el Parlament, muchas de ellas de carácter social y medioambiental. Estos
hechos han sido determinantes para provocar un fuerte desapego tanto político
como social con respecto al estado central.
La singularidad de Cataluña
dentro del territorio español es, sin duda, la más acusada en todo el
territorio peninsular. Influyen factores geográficos, al ser la única región
realmente alejada de la meseta castellana tras el desierto poblacional
aragonés. También culturales, con una sociedad muy dinámica y muy abierta a
influencias del resto de Europa, y lingüísticos, al ser el catalán una lengua
de profunda implantación, hablada por prácticamente toda su población.
La principal singularidad dentro
de Cataluña es el valle de Arán, con una lengua propia muy cercana al occitano.
Fuera de Cataluña, el catalán se habla en Andorra y en la franja aragonesa. En
el Rosellón y comarcas aledañas en torno al 10% de la población habla catalán.
También existe una villa en Cerdeña, Alguers, donde se habla esta lengua.
CONCLUSION
La configuración territorial del
actual estado español ha pasado por varias fases, una inicial de pueblos
independientes, seguida de otra de dominación romano-visigoda, donde en su
última fase llegó a crearse un estado que podríamos llamar nacional-católico,
pues con la conversión de Recaredo, la iglesia adquirió un poder político
desconocido hasta entonces. Este estado visigodo consiguió la unidad peninsular
con Suintila al expulsar a los bizantinos del suroeste. Una unidad peninsular
(Spania) que no se repitió hasta que Felipe II consiguió una unidad dinástica
en un estado descentralizado, al proclamarse rey de Portugal casi diez siglos
después.
Una tercera fase comienza con la
creación de nuevos reinos independientes: uno a partir de Asturias y otros a
partir de la Marca Hispánica, es decir, de Francia, que irán ganando
territorios convirtiéndose a su vez en reinos, de León, León y Castilla, y
Castilla por un lado; y Navarra, Aragón y Cataluña por otro, que acabaran
formando la Corona de Aragón. La España musulmana, por su parte, muy pronto
será una entidad independiente a partir del Califato de Córdoba, evolucionando
en los reinos de Taifas y, por último, el Reino de Granada.
La cuarta fase comienza con la
introducción de una monarquía extranjera: los Habsburgo, que se aprovecha de la
unión de dos ramas de la dinastía Trastámara que llevaba visos de separarse de
nuevo, al volver Fernando el Católico a Aragón a intentar tener una
descendencia que se vio frustrada al morir su hijo Juan horas después de nacer.
Es importante resaltar que ni Castilla ni Aragón (ni posteriormente Portugal)
dejan de existir como entidades estatales bajo la misma corona, aunque la
Castilla austracista ejerce un papel preponderante al ser la sede de la
monarquía.
España como estado centralizado
se crea a partir de otra monarquía extranjera: los borbones. Estrictamente
hablando, es cuando se crea un nuevo estado español que no es heredero del
visigodo por dos razones evidentes: ha pasado casi un milenio desde entonces y falta
una parte importante de aquel estado: Portugal. Esta quinta fase o (fase
francesa) termina con la Guerra de la Independencia.
La última fase comienza con la
primera Constitución liberal de 1912, que prácticamente coincide con la
retirada napoleónica de España (1914), Una etapa políticamente convulsa, con
retrocesos importantes (Década Ominosa de Fernando VII), inestabilidad
política, gobiernos que duran menos de un año o incluso pocos meses. Una etapa
donde poco a poco emergen inquietudes soberanistas (de base autonómica, no
independentista) basadas en fases anteriores, primero de carácter muy
conservador (carlismo), conservador moderado y finalmente progresista sobre
todo en Cataluña, con débiles reminiscencias en Galicia y Valencia, y muy
débiles en Aragón y Andalucía. Todas ellas aplastadas por una dictadura militar
franquista que afectó incluso al conservadurismo moderado del PNV. Finalmente,
en esta fase constitucionalista se acaba consiguiendo una democracia formal
electiva con importantes avances sociales y económicos pero que a la vez hereda
muchos vicios del siglo anterior: caciquismo, élites rentistas no emprendedoras
que pasan a ser, salvo excepciones, grandes empresas muy dependientes de los
presupuestos públicos o poseedores de mercados cautivos, abusos de la iglesia
católica, corrupción política sobre todo focalizada en el PP y una parte del
poder judicial que arrastra una serie de sentencias escandalosas.
Todo este panorama es una de las
causas del actual desapego de regiones periféricas, primero en el País Vasco,
donde la represión policial generó a su vez una brutal reacción terrorista, y
ya en este siglo en Cataluña, en la que el maltrato institucional del gobierno
de Rajoy provoca una ola independentista, social primero e inmediatamente
política poco después, desconocida hasta entonces.
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